De insomnios y nadas

•Octubre 20, 2009 • 2 comentarios

Hace algunas noches fui dominado por un persistente insomnio; por persistente entiendo “mantenerse firme”, y acepto “falta de sueño” por insomnio. A esto debería agregarle un estado anímico excedido en exaltación, y una voluntad de escribir Algo llevado, no lo niego, por la porfía.

En compañía de un disco de jazz electrónico y el infaltable atado de cigarrillos, decidí hacer caso de las circunstancias y sentarme a escribir a la antigua, muñido (siempre quise usar esta palabra pero nunca encontré la ocasión propicia; acabo de saldar una íntima deuda) de reglamentario papel y birome. Por fortuna, la inspiración me encontraba trabajando.

Al cabo de un rato la pulsión llegaba a su fin: dos carillas con un breve pero exacto análisis de dicha situación, con algunos giros de los que me sentía orgulloso, un par de citas literarias; había logrado un texto que me conformaba.

Me serví un vaso de –ya clásico en mí – mistela con hielo para celebrar, con la promesa de corregirlo al día siguiente (el efecto terapéutico inmediato posterior había sido la aparición vertiginosa del sueño).

La urgencia por irme a trabajar me hizo olvidar de la tarea de corrección, tipeado en la computadora y publicación on-line del apunte de la noche anterior. Cuando volví a mi casa me olvidé nuevamente, no ya del trabajo pendiente, sino de la existencia del texto mismo.

Anoche, invadido de nuevo por el insomnio, me acordé. Busqué la hoja con el borrador; no estaba donde yo suponía que tenía que estar. Pensé “debo haberla guardado bien, para no perderla”. Revolví dos o tres cajones y encontré de todo menos eso. Volví sobre mis pasos, tratando de recordar lo que hice la noche de ese primer insomnio. No hubo caso.

Decidí reescribirlo, tratando de generar de nuevo las sensaciones del primer momento, la emoción de dar a luz una obra, por mínima que sea; la felicidad de saber que somos capaces de comunicarnos, la armonía con uno mismo que genera el deseo satisfecho. Nada.

Nada no; esto, lo que están leyendo. Nada.

Me cansé de putearme. No es la primera vez que me pasa. Y tengo la sospecha (que es un lugar común) de que nunca voy a escribir un texto como ése.

La lluvia y la inspiración

•Septiembre 25, 2009 • 2 comentarios

Harto del lugar común de la lluvia, o de la idea ya vulgar de asociar la lluvia con la inspiración de los artistas, y cansado de negarme a aceptar esto como un hecho –aún a pesar de haber obrado alguna vez baja los artísticos efectos de una noche de lluvia-, tuve que ponerme a pensar qué lleva a una persona a creer que basta con una llovizna barata para creer que uno puede dar a luz una obra con un supuesto interés literario o musical.

No estoy muy seguro de que las musas funcionen así.

Sospecho –hasta que la ciencia me diga lo contrario- que Noé no escribió nada durante esos húmedos cuarenta días con sus noches; no creo que los vaivenes del arca hayan estropeado sus trazos sobre un lienzo, ni se me ocurre pensar que despidió a la paloma tocando con la lira o algún otro instrumento una canción creada ad hoc. Y eso que le sobró lluvia para inspirarse…

Si es por mí, que llueva todo lo que quiera, que no se me van a ocurrir más cosas en proporción directa a los milímetros caídos. Ni más ni mejores, me dirán, y lo acepto.

Sí creo que tal vez, imaginándome mirar la lluvia por una ventana empañada, en una tarde fría y solitaria junto a una estufa a leña, es probable que me llegue un sentimiento, no digo inspirador, pero sí que reflote alguna sensación que la vida cotidiana no me permite transcribir en un papel.

En ese caso, la inspiración no llega por el agua que cae, sino porque uno se ve imposibilitado de hacer otra cosa que no sea estar encerrado mientras el jardín de adelante se inunda.

Puedo decir que la lluvia me inspira desconfianza, contrariedades, apetito sexual. Y no es que no me guste; adoro las tormentas, y si son eléctricas y de verano, mejor. Me encantan –en sentido estricto- si son nocturnas, con las nubes negras que sólo permiten la distinción de sus formas a través de un rayo. Me gusta el ruido de cielo cuando se quiebra con un trueno, siento que me pega en el esternón (como cuando la veo a ella).

Alguien me dijo que el amor es algo así.

Manuscrito de un martes de Junio a la madrugada

•Septiembre 11, 2009 • 4 comentarios

  No soy de acá; me trajeron cuando era chico. A medida que fui creciendo, descubrí las bellezas ocultas, las que están reservadas a los marplatenses de invierno (los que disfrutan las calles desiertas y los vientos capaces de llevarte donde nadie te conoce).

  Siempre evité sacarme una foto con los lobos de la Rambla, así como caminar por la peatonal los domingos. Quise formar parte de ese grupo de gente que sólo va a ver el mar cuando sabe que no hay más que un par de pescadores aguantando los embates de la bruma furiosa.

  Más allá de esta nota, traté de evitar los lugares comunes, y así descubrí una de las mentiras más arraigadas de esta zona (las demás las dejaré para más adelante).

  Constitución duerme, yo la vi. El mote de “Avenida del ruido” no es más que una visión parcial, un anacronismo que apunta a convencer a la gente de que es el mejor lugar para no escuchar su propia voz; es la intención de alguna “mano negra” de crear un espejismo a partir de una premisa falsa.

  Constitución duerme deshecha en un murmullo cortado, cada tanto, por el andar de un taxi desvelado que deambula, infructuoso y con temor, por el carril lento hacia la rotonda de la autovía. Hay un clack-clack que es vociferado con pausas tenues y monótonas por la caja que controla un semáforo que ya nadie obedece.

  De una estación de servicios llega la música de una radio que intenta despejar el sopor frío de la noche de un sereno insomne. Frente a la estación, en el boulevar de la mitad de la avenida, un cartel que marca la salida de la ciudad cruje oxidadamente con la brisa que el mar convida a los pocos seres que se atreven a estar despiertos.

  No andan ni los perros, ni se podría afirmar que los gatos sean pardos, en esta noche en que no se escucha siquiera el mugriento y apurado caminar de la ratas.

  Un joven camina hacia la costa. Se detiene frente un paredón y no duda en orinarlo; la noche sin testigos le da permiso para agitar un aerosol de pintura y dejar escrito el nombre de alguna banda de rock una vez que terminó su fluida tarea. El patrullero no lo va a detener; pasa raudo por el carril de enfrente y dobla por Tejedor hacia Libertad. Tal vez un llamado de emergencia.

  Ahora sí, un gato cruza la avenida; como corresponde, es pardo. Un hombre en bicicleta logra esquivarlo, y el gato no se hace cargo del insulto. Una vez más, la noche se traga esas palabras, al gato y al ciclista.

  Clack-clack, semáforo inútil en rojo para Constitución. El colectivo de la línea 551 (una especie de bloque luminoso y vacío) no debe verlo, porque pasa de largo.

  Todavía falta mucho para que el sol empiece a despuntar. Las cosas no van a cambiar hasta entonces.

Los extraños caminos de la esperanza

•Julio 7, 2009 • 9 comentarios

  Hace unos días pasó por mis manos un billete de dos pesos (convertibles de curso legal y todas esas cosas que en aquel momento creímos), con la cara de Mitre cerca de los cincuenta años, con sus tonos celestes y la fachada del Museo Mitre en el reverso. No recuerdo su número de serie, pero si su letra: la A. Se trataba de la primera edición y se notaba en la cantidad de grietas que se le habían formado y teñido de un color casi negro por el ajetreo.

  La verdad es que el billete se estaba deshaciendo de a poco y yo creo que debe ser por su escaso valor (los billetes de cien casi no se estropean), o porque carga con una multitud de esperanzas y proyectos.

  La primera vez que vio la luz -afuera de la empaquetadura y las bolsas y los viajes en camiones blindados- fue cuando un jubilado, a poco de salir del banco, se lo dio a su nieto para que lo guarde en la alcancía (costumbre caída en desuso por falta de dinero o por necesidad de consumo). El niño le hizo caso y el billete reposó hasta que el pequeño vio un autito de colección que bien valía su esfuerzo.

  La cajera de la juguetería guardó el billete con los demás, como si se tratara de otro billete y no el que transportaba la ilusión de un infante en vías de aprender el significado del ahorro. Lo depositó en una caja fuerte al cierre del día y lo mandó en un camión, de nuevo a un banco.

  Los dos pesos volvieron a salir, esta vez a la caja de cobros del banco en que fue depositado: se lo llevó una señora de ruleros como vuelto por un pago bajo protesta por una boleta de teléfonos por llamadas que no había realizado. La señora se quedó con el billete y con la esperanza de que el número y letra de serie salga sorteado en Sorpresa y Media, al antiguo programa de Julián Weich; no tuvo suerte esa vez, ni en las semanas siguientes. Cuando se vio ajustada, o se cansó de ver el programa de televisión, lo usó para comprarle dos kilos de tomate al verdulero.

  El billete durmió un par de noches respirando olor a acelga y naranjas. Al tercer día continuó con su destino de ilusiones y se convirtió en un par de apuestas: al 07 y al 70, un peso y un peso, a la cabeza en la Nacional nocturna. El quinielero, tal vez el hombre más memorioso del barrio, tomó la jugada y el billete. Esa noche salió el 25 y los dos pesos fueron a parar a un kiosco a cambio de un atado de cigarrillos Particulares.

  El pobre Mitre ya se estaba poniendo moreno y el kiosquero lo usó para pagarle al distribuidor, que a su vez lo volvió a depositar en un banco, junto a una pila de billetes anónimos y laboriosos.

  El tesorero del nuevo banco lo recibió sin algarabía y decidió destinarlo como cambio chico: fue a parar a una estación de servicios, donde estuvo poco tiempo apretado en una billetera con olor a nafta hasta salir como vuelto por la compra de unos litros de combustible. El taxista, su nuevo dueño, lo acomodó prolijamente en su billetera, donde pasó casi un mes, ya que el chofer no lo quería entregar porque había anotado en el frente del billete un número de teléfono que no se decidía a transcribir. Finalmente, en la estación de ómnibus de Retiro, el billete se bajó del taxi junto a una turista que volvía a Tucumán. La señorita llegó a San Miguel con la resignación que queda después de unas vacaciones y con ganas de tomar un café decente, asqueada del brebaje que le convidaron en el micro. En un café de la terminal tucumana pidió un cortado y pagó con los dos benditos pesos.

  La travesía hasta mis manos se desdibuja: sé que el billete volvió a Buenos Aires, participó de un robo (en calidad de víctima, o más bien de secuestrado), anduvo por pizzerías, clubes de barrio, dealers, iglesias varias…  En alguno de estos lugares recibió la inscripción con la que me topé; me lo dio un hombre casi tan arrugado como el billete.

  Sobre la marca de agua, a la derecha de Mitre, se lee: “Pochy: si recibís este billete es porque todavía me querés”. Lo firma un tal Leandro.

No tuve coraje para quedarme con los dos pesos; en cuanto pude lo dejé seguir su curso de ilusiones.