Los extraños caminos de la esperanza

  Hace unos días pasó por mis manos un billete de dos pesos (convertibles de curso legal y todas esas cosas que en aquel momento creímos), con la cara de Mitre cerca de los cincuenta años, con sus tonos celestes y la fachada del Museo Mitre en el reverso. No recuerdo su número de serie, pero si su letra: la A. Se trataba de la primera edición y se notaba en la cantidad de grietas que se le habían formado y teñido de un color casi negro por el ajetreo.

  La verdad es que el billete se estaba deshaciendo de a poco y yo creo que debe ser por su escaso valor (los billetes de cien casi no se estropean), o porque carga con una multitud de esperanzas y proyectos.

  La primera vez que vio la luz -afuera de la empaquetadura y las bolsas y los viajes en camiones blindados- fue cuando un jubilado, a poco de salir del banco, se lo dio a su nieto para que lo guarde en la alcancía (costumbre caída en desuso por falta de dinero o por necesidad de consumo). El niño le hizo caso y el billete reposó hasta que el pequeño vio un autito de colección que bien valía su esfuerzo.

  La cajera de la juguetería guardó el billete con los demás, como si se tratara de otro billete y no el que transportaba la ilusión de un infante en vías de aprender el significado del ahorro. Lo depositó en una caja fuerte al cierre del día y lo mandó en un camión, de nuevo a un banco.

  Los dos pesos volvieron a salir, esta vez a la caja de cobros del banco en que fue depositado: se lo llevó una señora de ruleros como vuelto por un pago bajo protesta por una boleta de teléfonos por llamadas que no había realizado. La señora se quedó con el billete y con la esperanza de que el número y letra de serie salga sorteado en Sorpresa y Media, al antiguo programa de Julián Weich; no tuvo suerte esa vez, ni en las semanas siguientes. Cuando se vio ajustada, o se cansó de ver el programa de televisión, lo usó para comprarle dos kilos de tomate al verdulero.

  El billete durmió un par de noches respirando olor a acelga y naranjas. Al tercer día continuó con su destino de ilusiones y se convirtió en un par de apuestas: al 07 y al 70, un peso y un peso, a la cabeza en la Nacional nocturna. El quinielero, tal vez el hombre más memorioso del barrio, tomó la jugada y el billete. Esa noche salió el 25 y los dos pesos fueron a parar a un kiosco a cambio de un atado de cigarrillos Particulares.

  El pobre Mitre ya se estaba poniendo moreno y el kiosquero lo usó para pagarle al distribuidor, que a su vez lo volvió a depositar en un banco, junto a una pila de billetes anónimos y laboriosos.

  El tesorero del nuevo banco lo recibió sin algarabía y decidió destinarlo como cambio chico: fue a parar a una estación de servicios, donde estuvo poco tiempo apretado en una billetera con olor a nafta hasta salir como vuelto por la compra de unos litros de combustible. El taxista, su nuevo dueño, lo acomodó prolijamente en su billetera, donde pasó casi un mes, ya que el chofer no lo quería entregar porque había anotado en el frente del billete un número de teléfono que no se decidía a transcribir. Finalmente, en la estación de ómnibus de Retiro, el billete se bajó del taxi junto a una turista que volvía a Tucumán. La señorita llegó a San Miguel con la resignación que queda después de unas vacaciones y con ganas de tomar un café decente, asqueada del brebaje que le convidaron en el micro. En un café de la terminal tucumana pidió un cortado y pagó con los dos benditos pesos.

  La travesía hasta mis manos se desdibuja: sé que el billete volvió a Buenos Aires, participó de un robo (en calidad de víctima, o más bien de secuestrado), anduvo por pizzerías, clubes de barrio, dealers, iglesias varias…  En alguno de estos lugares recibió la inscripción con la que me topé; me lo dio un hombre casi tan arrugado como el billete.

  Sobre la marca de agua, a la derecha de Mitre, se lee: “Pochy: si recibís este billete es porque todavía me querés”. Lo firma un tal Leandro.

No tuve coraje para quedarme con los dos pesos; en cuanto pude lo dejé seguir su curso de ilusiones.

 

 

 

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~ por Alejo Salem en julio 7, 2009.

9 comentarios to “Los extraños caminos de la esperanza”

  1. Qué precioso relato. Si tardé en comentar, perdona. Pero ya sabes, imprimo, me hago mi mate con pomelo y me voy al sofá a leerlo con tranquilad.

    Me alegra muchísimo que hayas vuelto a escribir.

  2. te lavaste las manos después????????
    (diría mi mamá)

  3. Laviga: Sí, siempre me acusan de hacer la Gran Pilatos. Todo sea por la prevención. Saludos.

  4. Si uno quisiera comprar al autor, con esos dos pesos hasta te dan vuelto.
    El texto -en cambio- es impagable.

  5. Sólo para confirmar: ¿a usted no le dicen Pochy, no? Digo: si así fuera, después de tanto viaje Leandro merecería, al menos, un llamadito.
    Me alegra leerlo después de tanto tiempo, Salem.
    Abrazo.

  6. Por primera vez y de mera “casualidad” y aburrimiento caí en, éste, su blog. Por lo tanto es la primera vez que lo leo y la verdad me ha dejado una sonrisa y me ha dado mucho gusto. Lo felicito y le dejo un saludo…

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